jueves, 20 de noviembre de 2014

La sorpresa de los estores

estor
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Mi hermana la abogada ya no es lo que era.

Aún recuerdo aquellos buenos tiempos en que trabajaba en el prestigioso bufete de Don Luis Gómez Laostra, y ganaba más dinero del que podía gastar.

Daba gusto verla, con su BMW, sus trajes de chaqueta de diseño, sus bolsos de piel que costaban miles de euros, sus abrigos de visón…

Ya no queda nada de aquello. Ahora conduce un Panda, viste con leggins del rastro, no pertenece a ningún prestigioso bufete de abogados, y lo peor de todo es que baila salsa y dice que es lo que más le gusta hacer.

Tenemos amigos comunes que incluso me han contado que la han visto por ahí bailar en ropa interior… Eso sí que no me lo creo. Mi hermana, nunca.

Recuerdo con nostalgia cuando le encargaban juicios por toda España y Lucía aprovechaba para hacer turismo una vez terminado el trabajo. Siempre nos llevaba con ella y nos pagaba los hoteles y corría con todos nuestros gastos.

El viaje que recuerdo  con más intensidad y que más me gustó, fue aquel que hicimos a Galicia.

Unas semanas antes de partir, vimos en la tele un programa en el que hablaban de la Feria del Marisco de El Grove, así que decidimos que iríamos a conocerlo.

Nos alojamos en un pequeño pero precioso hotel de ese municipio y estuvimos tres días comiendo marisco y viendo ribeiro y albariño.

Aunque lo que convirtió esta excursión en algo inolvidable, curiosamente no fue la comida ni la bebida. Fue algo que jamás podríamos imaginar.

Fueron los estores.

¿Estores?, pensaréis, ¿y qué tienen de inolvidables los estores?

Bueno, creo que todos sabéis lo que son: una especie de cortina enrollable que se pone en las ventanas para evitar que se te vea desde la calle, o que entre demasiada luz o sol.  A mí me parecen muy útiles y muy decorativos, y me gustan mucho más que las clásicas cortinas de toda la vida.

El hotel de El Grove estaba decorado tanto en habitaciones, como en pasillos y resto de instalaciones, con unos estores muy curiosos, que tenían impresas fotografías y textos que relataban la historia de la región.

Los que más me gustaron fueron los dedicados al relato del origen de la fiesta del marisco, que estaban ilustrados con unas inmensas fotos de langostas, vieras, bogavantes, langostinos, gambas y apetitosos mariscos y pescados, de modo que te entraban ganas de comerte los estores…

Aunque lo más sorprendente, lo vimos el último día de nuestra estancia en el hotel.

Se lo he contado a muy poca gente y aún no he encontrado nadie que nos crea, pero lo cierto es que mi hermana Lucía, mi hermano Andrés y yo lo vimos con nuestros propios ojos y jamás lo olvidaremos.

Yo estaba en mi habitación recogiendo la ropa para guardarla en la maleta, cuando caí en la cuenta de que desde que había llegado al hotel, no había bajado el estor de mi ventana para ver qué imagen tenía.  El caso es que las vistas de mi habitación eran tan buenas, que todo el tiempo preferí tenerlo recogido para poder disfrutar de la panorámica.

Y cuál no sería mi sorpresa que, al tirar del cordón del estor para verlo desplegado, empezaron a caer de él billetes de quinientos euros. Y no uno ni dos, sino al menos cien.

Nunca supe qué hacía el dinero allí ni de dónde había salido. Solo sé que llamé de inmediato a mis hermanos y les mostré el descubrimiento.

Mi primera intención fue devolverlo a los del hotel, y que ellos buscaran al dueño del dinero.

Pero Lucía dijo que nada de eso, que nos lo gastaríamos en mariscos.

Así que nos quedamos una semana más en Pontevedra.

Antes de irme, eso sí, pregunté en el Hotel que empresa de estores a medida (encajaban a la perfección) les había vendido el producto, porque podía ser que el dinero lo hubieran metido ellos durante la fabricación para sorprender al cliente…

En cuanto estuve de vuelta en mi casa, entré en su web y les compré veinte estores.

Pero nada, que no hubo suerte.

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